martes, 14 de febrero de 2012

Reflexión No. 2

Javier señala, a su amigo Tomás, al chico que considera el más tonto de su clase.

A Javier, que se cree el más listo, le gusta hacerle bromas a Manuel.

-Tomás, ¿Quieres saber el significado de la palabra ¡tonto! Observa esto:

- Oye, Manuel. Aquí tengo dos monedas. Coge la que quieras. Es para ti.

- Manuel observa las dos monedas, una de cinco y la otra de diez pesos, las contempla durante un rato y a continuación elige la moneda de mayor tamaño, la de cinco pesos.

-Adelante, Manuel, cógela, es tuya –dice Javier riéndose.

- Manuel coge la moneda y se marcha. Un adulto que ha estado observando a distancia la transacción, se acerca a Manuel y le indica con amabilidad que la moneda de diez pesos vale más que la de cinco, a pesar de que es más pequeña, así que Manuel sólo ha conseguido cinco pesos.

-Ya lo sé- responde Manuel-, pero si cojo la de diez, Javier no me volvería a pedir otra vez que escogiera entre las dos monedas, pero, de este modo, me lo volverá a pedir una y otra vez. Ya he conseguido así, de él, más de cien pesos, y todo lo que tengo que hacer es seguir cogiendo la moneda de cinco.

La historia anterior nos indica algo que ya sabemos de manera intuitiva, que alguien puede no ser listo en el colegio pero puede discurrir bien fuera de él, y viceversa. Es tan sólo uno más de los ejemplos que a diario nos recuerdan que la educación de este tercer milenio nos plantea nuevos y numerosos retos pedagógicos. Algunos tienen que ver con los procesos o con el tipo de pensamiento que se está favoreciendo en los colegios en comparación con las necesidades laborales y sociales del mundo; otros con la evaluación, quizá vista como un punto de partida y como la velocidad de emprender procesos efectivos de mejoramiento continuo.

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